La creación es la realización del ser humano. Para la gran mayoría lo es y lo ha sido a través de un hijo; para muchos otros, que nos hemos abstenido, la obra más grande que hemos realizado son nuestras obras, sean artísticas o empresariales. Las dos, al creador, le significan algo, una proeza grande. Pero hay una más que está relacionada con estas, que se esconde en la misma simiente y tiene que ver con la creación de un nuevo ser, pero de nosotros. Nuestra mayor fuente de felicidad viene de esa plástica emocional, experiencial y de carácter que tenemos permiso, como individuos, de ejercer: la de modificar nuestra personalidad, nuestras actividades, mutar nuestros intereses, volver a empezar una y otra vez. La posibilidad de cambiar, y ahí está la dicha más grande. Esto es lo que, como humanidad, nos ha sacado adelante. Llamémoslo evolución, progreso, avance, aprendizaje, refinamiento. La posibilidad del cambio es, en verdad, la semilla de la felicidad futura y presente.
Desde el instante en que nos levantamos empieza la maquinaria de nuestro cerebro a funcionar, a cuestionar la realidad, a llenarse de angustia, de los rencores pasados, de los miedos enquistados, de los reproches que nos damos por ser o no ser, por tener o no tener, por haber dicho o haber guardado silencio, por cualquier motivo. Es el simple momento de cambio en el que pasamos de estar completamente imbuidos en el mejor entretenimiento al que tenemos acceso —el estar noqueados viendo una película con todos los sentidos mientras descansamos— y, de repente, sin quererlo ni temerlo, somos arrancados del sueño, como lo fuimos de las entrañas de nuestra madre, y despertamos en el mundo que está donde ayer lo dejamos y repetirá su ciclo.
El sol, que flota en el mar o detrás de la montaña, pero que en verdad está a millones de kilómetros de distancia, con su fuerza incalculable empieza a colorear el cielo como lo hacen nuestros pensamientos. En esta tierra bendita lo vemos salir del Mediterráneo cada mañana, durante más de trescientos días, y el espectáculo que ofrece cambia el ánimo de quien quiera que lo vea, caminando en la playa, en el paseo marítimo o desde la ventana de su casa.
Esa fuerza colosal es el mejor alimento que nos ofrece la tierra y, antes de que el hormigón llenara nuestros cerebros de barreras, estaba a tiro de piedra, al alcance de nuestros ojos, a la mano de nuestros sentidos. Ese movimiento de renacido, ese cambio de ciclo y esa bendición es, sin lugar a dudas, el mayor espectáculo natural repetitivo. Es el esfuerzo del dios por darnos un aliciente por despertarnos. El grito de las Nereidas del Mediterráneo se estruja en el rumor de las olas profundas y nos dice, de forma repetitiva, que una oportunidad se aproxima.
Esto es lo que para mí es Málaga, Andalucía y el Mediterráneo. Este proyecto es la oportunidad de cambio que aprovecho para seguir haciendo lo que he querido, como lo he intentado hacer desde que tengo juicio, ahora uniendo el arte, el viaje y el negocio en un universo propio.
Las preguntas que ni siquiera sabía que me estaba haciendo se van resolviendo. Ayer mismo, mientras me preguntaba cómo montar un espectáculo que se derivó de mi deseo de cantar, que descubrí en el Camino de Santiago, se me reveló claro, como si el destino me lo hubiera susurrado al sentir que era el momento oportuno para sacarlo. Algo me dijo: “Mi querido Edgardo, la poesía es tu sino, tu método de comprensión, tu instrumento, y de ahí puedes partir”. Así, un pensamiento me llevó a otro, el verso de una estrofa a otra, y me di cuenta de que han estado ahí, en mi playlist y en mi memoria, las canciones de los poetas españoles. Ahí está Serrat, ahí está Paco Ibáñez, apareció también Morente y unos cantaores hondos más, con versos de San Juan de la Cruz, de Miguel Hernández, de Lorca, de Quevedo, coplas en honor a Cervantes. Y entonces, al cantar con ellos, descubrí que ese era el complemento perfecto para mi show turístico poético. Un poco más adelante reconocí en Andaluces de Jaén el pretexto perfecto para hablar de este parásito bello. Luego apareció Mediterráneo, de Serrat; aunque era de noche, Morente me gritó como San Juan. Me di cuenta de que la poesía era un arma cargada de futuro y empecé a dar tiros al cielo, con mi voz, con mis gritos que se están modulando, con mis vibraciones que intentan armonizar y que cada día lo hacen un poco más.
El cambio, la solución, se abrió frente a mi puerta. En mi cabeza Dalí dibuja una ventana y, dentro de ella, mi cerebro picassiano se rompe del cubo iluminado por Sorolla. Entonces sé que estoy tomando forma, que estoy calando hondo, y Paco Ibáñez me grita: “Estamos tocando fondo, estamos tocando fondo”.
La solución siempre está cerca, en una dimensión alterna. El que busca encuentra; el que intenta el cambio, tarde que temprano, encuentra lo que anda buscando. Aprender que cantar es reconocer que no hay camino, sino que se hace camino al andar. Los planes son estelas en la mar y detrás de ellas solo está el reflejo de la inmensidad, de la que somos parte, de la armonía que nos penetra en el instante en que nos damos cuenta de que tenemos dentro de nosotros la oportunidad de volver a nacer, con más belleza.