Ayer volví a intentar poner en un lienzo digital la presentación y el sistema central de mi negocio, que es la página web. Cada vez mi relación verbal con entidades artificiales se vuelve más intensa y compleja. Le estoy pidiendo a una que diseñe como un UX; a otra le estoy pidiendo imágenes; a otra la utilizo como investigadora y también como evaluadora del sistema en general, porque hay veces en que el sistema se corrompe. Estoy con todas esas voces, avanzando por aquí y por allá, pero sin llegar a nada en concreto.
Esta presencia omnipresente y esta respuesta total generan una actividad que, si se hace sin dirección, solo puede llevar a la distracción: a un consumo observado de datos, flujos, programas. Y, al final, esa es la práctica. Mi mejor intención es utilizarlas también como herramientas de aprendizaje, pues, al final, soy su vehículo y, al mismo tiempo, su director. Estoy en una clase en la que aprendo justo lo que deseo, en la medida en que eso es posible.
Todo empezó con un menú y un héroe —un hero. Esas dos secciones me han hecho batallar más de 20 horas. Durante el proceso he aprendido cada una de las partes del software de diseño de WordPress llamado Divi y un poco de la lógica de cómo manipular a estas máquinas que a veces parecen espectaculares y a veces parecen idiotas… lo mismo que las personas.
Creo que lo más grande es el approach como estudiante: el volver a empezar de nuevo y olvidar los sufrimientos del día anterior. Lo que más trabajo me cuesta es parar, pues me entra una velocidad de producción estímulo-reacción que, al igual que un videojuego, me mantiene entretenido y no quiero dejar. Siempre he pensado que, en el fondo, esto es igual que los videojuegos —que fue mi primer trabajo— y a veces parece que lo sigue siendo. Con esto intento ganar viajes, conocer personas y dinero: es una herramienta online con la que quiero mejorar mi vida offline.
Quiero utilizar cada vez menos esta máquina y pasar más tiempo con las personas, porque también esta máquina rota crea una soledad viciosa, útil y seductora, en la que dejamos de practicar el trato humano. Empezamos a impacientarnos porque las cosas no suceden como queremos. He visto cómo este mundo digital —y esta sociedad— se vuelve cada vez más sola, cómo perdemos la habilidad de conectar con los demás de forma empática. Incluso la palabra conexión ha cambiado. Antes le llamábamos amistad. Antes le llamábamos simplemente ser. No necesitábamos “conectar con las personas” como si fuéramos máquinas.
Lo mismo sucede con las ideas: ahora el proceso de convencimiento es un «te la compro». Y yo siempre respondo: «Yo no estoy en venta».
Pero, en realidad, todos estamos en venta y en compra, porque ese es el proceso y la norma del capitalismo: los clics se convierten en dinero y el dinero en una forma de mover voluntades.
Lejos de ese proceso de las sensibilidades, seguimos presos en la misma máquina, en el mismo sistema, sin darnos cuenta. Como un pez que no sabe que está en el agua, respiramos este oxígeno plagado de unos y ceros todos los días, en todo momento, en nuestro cerebro y en todo lo que hacemos. Pero pocas veces somos conscientes del nivel de manipulación y de cómo somos parte del juego. Y, aun así, juego a intentar encontrar la salida.
Esa es mi apuesta: ser el giro y crear un nuevo menú de posibilidades para mí y para los demás, para poder compartir y desconectar.
Siguiendo esa línea —donde el capital, sin ser marxista ni fundamentalista, se vuelve el elemento principal—, aparece ahora la marca personal. Antes las personas se definían por su nombre, su historia, su currículum, sus obras. No por la cantidad de dinero que generaban o la vida de lujo que aparentaban. Eso también existía, pero eran los reyes, los nobles. Lo más importante era el título hereditario o divino.
Hay algo en mí que busca sentido. Siempre lo he buscado. Algo en mí quiere hacer esto de forma personal: ser un solopreneur. Porque ahora me entiendo mejor con las máquinas que con las personas. Y porque el sistema está diseñado de tal forma que es casi imposible empezar una empresa contratando empleados. Las personas ya no quieren trabajar para otros; todos queremos emprender.
El sistema dice que cualquiera puede hacerlo y celebra a quien lo logra solo. A veces es voluntad, energía, poder… y eso empieza a generar riqueza. No lo sé. Pero ahora siento que lo mejor que puedo hacer es ser un hombre orquesta. Si he estudiado tanto y tengo estos aparatos junto a mí, es más económico y rentable hacerlo solo.
Así caigo también en la idea de contratar máquinas en vez de personas. Y, sin embargo, lo que estoy buscando es precisamente lo que la máquina no puede dar.
Esa es mi oferta principal: acercar a las personas que desean experimentar cosas reales, en comunidad, en un evento cultural. Y aquí “evento cultural” adquiere una nueva forma: un suceso colectivo donde se comparte un gusto mutuo —una ciudad, un recital, una obra de teatro, una danza, un performance, una expresión real de un ser.
Eso es lo que hace esta tierra especial: el amor por el flamenco, por la tradición, por la Semana Santa, por los hobbies y las artes que están en todas partes —en las clases de bachata, en los recintos de baile, en los conservatorios, en los museos, en cada rincón donde el arte respira.
Hacia allá quiero apuntar: a lo comunitario más que a la marca personal. A un nosotros compartido. A un banco de experiencias vivas. A estar juntos en algo, al mismo tiempo.
Eso estoy haciendo con mi proyecto: de forma espiral, circular y complicada, como lo es la mente humana. No de forma racional y ordenada como lo hace la ciencia o la máquina.
Soy una mezcla: soy ciencia y verso.
Soy humano y soy máquina.
Soy un solopreneur que vende cosas de los demás y que desea ser un mediador en un sistema donde lo que reine sea el arte y no el capital, la obra y no la marca, el artista y lo que inspira —más que los números relativos que pretenden indicar qué vale la pena visitar.